Más reciente

ADORACIÓN EUCARÍSTICA PERPÉTUA CON AUDIO

ADORACIÓN EUCARÍSTICA PERPÉTUA - PREDICA DEL PADRE JOSÉ ANTONIO FORTEA.

PADRE JOSÉ ANTONIO FORTEA 

PRÉDICA EUCARÍSTICA SOBRE LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA NOCTURNA.  AUDIO AUTORIZADO PARA ESTE SITIO POR EL PADRE JOSÉ ANTONIO FORTEA. DURACIÓN UNA HORA VEINTE MINUTOS

  

La Eucaristía es la consagración del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre que renueva mística y sacramentalmente el sacrificio de Jesucristo en la Cruz. La Eucaristía es Jesús real y personalmente presente en el pan y el vino que el sacerdote consagra. Por la fe creemos que la presencia de Jesús en la Hostia y el vino no es sólo simbólica sino real; esto se llama el misterio de la transubstanciación ya que lo que cambia es la sustancia del pan y del vino; los accidente—forma, color, sabor, etc.— permanecen iguales.

La institución de la Eucaristía, tuvo lugar durante la última cena pascual que celebró con sus discípulos y los cuatro relatos coinciden en lo esencial, en todos ellos la consagración del pan precede a la del cáliz; aunque debemos recordar, que en la realidad histórica, la celebración de la Eucaristía ( Fracción del Pan ) comenzó en la Iglesia primitiva antes de la redacción de los Evangelios.

Los signos esenciales del sacramento eucarístico son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales es invocada la bendición del Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la consagración dichas por Jesús en la última Cena: “Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros… Este es el cáliz de mi Sangre” . Encuentro con Jesús amor

Necesariamente el encuentro con Cristo Eucaristía es una experiencia personal e íntima, y que supone el encuentro pleno de dos que se aman. Es por tanto imposible generalizar acerca de ellos. Porque sólo Dios conoce los corazones de los hombres. Sin embargo sí debemos traslucir en nuestra vida, la trascendencia del encuentro íntimo con el Amor. Resulta lógico pensar que quien recibe esta Gracia, está en mayor capacidad de amar y de servir al hermano y que además alimentado con el Pan de Vida debe estar más fortalecido para enfrentar las pruebas, para encarar el sufrimiento, para contagiar su fe y su esperanza. En fin para llevar a feliz término la misión, la vocación, que el Señor le otorgue.

.

Si apreciáramos de veras la Presencia real de Cristo en el sagrario, nunca lo encontraríamos solo, únicamente acompañado de la lámpara Eucarística encendida, el Señor hoy nos dice a todos y a cada uno, lo mismo que les dijo a los Apóstoles “Con ansias he deseado comer esta Pascua con vosotros ” Lc.22,15. El Señor nos espera con ansias para dársenos como alimento; ¿somos conscientes de ello, de que el Señor nos espera el Sagrario, con la mesa celestial servida.? Y nosotros ¿ por qué lo dejamos esperando.? O es que acaso, ¿ cuando viene alguien de visita a nuestra casa, lo dejamos sólo en la sala y nos vamos a ocupar de nuestras cosas.?

.

Eso exactamente es lo que hacemos en nuestro apostolado, cuando nos llenamos de actividades y nos descuidamos en la oración delante del Señor, que nos espera en el Sagrario, preso porque nos “amó hasta el extremo” y resulta que, por quien se hizo el mundo y todo lo que contiene (nosotros incluidos) se encuentra allí, oculto a los ojos, pero increíblemente luminoso y poderoso para saciar todas nuestras necesidades.

.

Para S. Agustín la Eucaristía es una figura de la pasión redentora de Jesús que efectúa la participación de los miembros de la Iglesia en la nueva vida de su cabeza, Cristo. Comentando el discurso del pan de vida (Jn 6) y la invitación de Cristo a comer su carne y a beber su sangre dice:

.

Es un horrible delito esto que parece mandar; hay, por tanto, que ver aquí una figura, una invitación a comulgar con la pasión de Cristo y a imprimir en nuestra memoria el suave y benéfico recuerdo de su carne crucificada y muerta por nosotros. Sobre la Doctrina Cristiana, III, 16, 24.

.

La Iglesia debe comulgar con la pasión de Cristo no sólo por medio del acto exterior de comer y beber sino también por medio de la conciencia interior, y por eso hacerse ella misma enteramente sacrificio como resultado de su participación en el sacrificio por excelencia, el de Cristo. Por eso la Eucaristía representa no solamente el sacrificio único de Cristo en el Gólgota sino también el sacrificio espiritual hecho continuamente por los cristianos. El pan partido y el vino derramado asemejan estas cosas de las que son figuras o sacramentos: El cuerpo y la sangre entregados de Cristo y de los cristianos.

.

En la Eucaristía se unen orgánicamente el signo (La entrega de la Iglesia) y la realidad significada por el rito simbólico (El sacrificio de Cristo). Se trata de una totalidad: El acto sacrificial de Cristo muerto y resucitado lleva a su Iglesia en su movimiento hacia Dios. La Eucaristía es el signo sagrado por medio del que la entrega única de Cristo se hace cada día actual para ser vivida por los cristianos: La Iglesia es, junto a Cristo, la que ofrece la Eucaristía y la que es ofrecida en ella.

.

Cristo es él mismo el que ofrece y él mismo el don ofrecido. Ha querido que el sacramento de esta realidad sea el sacrificio cotidiano de la Iglesia que, siendo cuerpo de esta cabeza, aprende a ofrecerse ella misma por él. La Ciudad de Dios, X, 20

.

S. Agustín no quiere separar el sacrificio de Cristo del sacrificio cotidiano de la Iglesia. La liturgia eucarística está en función del Cristo total, unido para siempre a su Iglesia; glorifica a Cristo y a los santos, purifica y santifica la Iglesia en peregrinación hacia el reino y socorre a los fieles difuntos. En resumen: El sacrificio sacramental es símbolo real del sacrificio único de Cristo que redime a toda la creación y une a la Iglesia de modo especial con la redención, haciéndola una auténtica participante de ésta.

.

Presencia de Cristo y de la Iglesia

Quien recibe el misterio de la unidad y no tiene el vínculo de la paz no recibe un misterio salvador en favor suyo, sino un testimonio contra sí mismo. Si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros entonces vuestro mismo misterio reposa sobre la mesa de la Eucaristía. Vosotros debéis ser lo que veis y debéis recibir lo que sois. (Homilía 272)

.

No se puede estar unido con la cabeza de la Iglesia si no se está unido al cuerpo. Quién se separa de la única Iglesia celebra la Eucaristía no para su salvación sino para su ruina, más aún, no la celebra de hecho. Esto se debe a que, ya que están presentes en la Eucaristía tanto Cristo como la Iglesia, los dos son la materia de este sacramento. Por eso S. Agustín se niega a ver la presencia real de Cristo separada de la participación en ella de la Iglesia. Lo mismo que Cristo los miembros de la Iglesia están presentes en el pan y el vino consagrados.

.

S. Agustín no se interesa principalmente por la Eucaristía en sí misma, sino por su fin último: la unión de los cristianos con Cristo y entre ellos. La visión paulina del cuerpo de Cristo es el principio de la doctrina eucarística. Es fundamental la intención de subrayar la inclusión de cada cristiano en la unidad del cuerpo de Cristo. La finalidad de la celebración de la Eucaristía no es “estar delante” sino “estar dentro”. Recibido el pan eucarístico, que es símbolo real de su unión con Cristo, los participantes no siguen siendo individuos, existen dentro de Cristo y están unidos los unos con los otros en el cuerpo místico de la Iglesia. La participación en la Eucaristía nos hace cuerpo de Cristo.

.

Unión de los cristianos con Cristo y entre ellos

Vosotros sois los mismos hombres que erais, ya que no habéis traído caras nuevas. Y, sin embargo, sois nuevos: viejos por la apariencia del cuerpo, pero nuevos por la gracia de la santidad, y esto sí que es verdadera novedad. Así también como veis, esto todavía es pan y vino; pero llegará la consagración y aquel pan será el cuerpo de Cristo y aquel vino será la sangre de Cristo. Esto hace el nombre de Cristo; esto hace la gracia de Cristo: que la realidad parezca lo mismo que parecía y que, sin embargo, no valga aquello que valía.

.

Sermón del domingo de Pascua

S. Agustín intenta profundizar en la significación del signo que representa la Eucaristía: La Iglesia como un estar dentro de Cristo y los otros. El fundamento de todo esto es la fe en la presencia real de Cristo en los signos sacramentales, el cambio del pan en su carne y del vino en su sangre.

.

Sin esta presencia real los cristianos no recibirían en la comunión la vida eterna. La unidad del cuerpo místico no es construida por los miembros sino comunicada por la cabeza, Cristo, en el don real y eficaz que hace de sí mismo por medio de la Eucaristía. En vez de sustituir el realismo de la presencia de Cristo, el realismo de la presencia de la Iglesia lo presupone y lo garantiza.

.

La Eucaristía es vista como un acontecimiento salvífico en el cual se participa para estar en contacto con la misma autodonación de Cristo que vivifica la Iglesia y la envía al mundo a la misión, dándole un anticipo de la comunidad y de la caridad sin fin que ya comienza a vivir en este mundo.

.

1. “Nos hemos convertido en Cristo. En efecto, si él es la cabeza y nosotros sus miembros, el hombre total es él y nosotros” (san Agustín, Tractatus in Johannem, 21, 8). Estas atrevidas palabras de san Agustín exaltan la comunión íntima que, en el misterio de la Iglesia, se crea entre Dios y el hombre, una comunión que, en nuestro camino histórico, encuentra su signo más elevado en la Eucaristía. Los imperativos: “Tomad y comed… bebed…” (Mt 26, 26-27) que Jesús dirige a sus discípulos en la sala del piso superior de una casa de Jerusalén, la última tarde de su vida terrena (cf. Mc 14, 15), entrañan un profundo significado. Ya el valor simbólico universal del banquete ofrecido en el pan y en el vino (cf. Is 25, 6), remite a la comunión y a la intimidad. Elementos ulteriores más explícitos exaltan la Eucaristía como banquete de amistad y de alianza con Dios. En efecto, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, “es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor” (n. 1382).

.

2. Como en el Antiguo Testamento el santuario móvil del desierto era llamado “tienda del Encuentro”, es decir, del encuentro entre Dios y su pueblo y de los hermanos de fe entre sí, la antigua tradición cristiana ha llamado “sinaxis”, o sea “reunión”, a la celebración eucarística. En ella “se revela la naturaleza profunda de la Iglesia, comunidad de los convocados a la sinaxis para celebrar el don de Aquel que es oferente y ofrenda: estos, al participar en los sagrados misterios, llegan a ser “consanguíneos” de Cristo, anticipando la experiencia de la divinización en el vínculo, ya inseparable, que une en Cristo divinidad y humanidad” (Orientale lumen, 10).

Si queremos profundizar en el sentido genuino de este misterio de comunión entre Dios y los fieles, debemos volver a las palabras de Jesús en la última Cena. Remiten a la categoría bíblica de la “alianza”, evocada precisamente a través de la conexión de la sangre de Cristo con la sangre del sacrificio derramada en el Sinaí: “Esta es mi sangre, la sangre de la alianza” (Mc 14, 24). Moisés había dicho: “Esta es la sangre de la alianza” (Ex 24, 8). La alianza que en el Sinaí unía a Israel con el Señor mediante un vínculo de sangre anunciaba la nueva alianza, de la que deriva, para usar la expresión de los Padres griegos, una especie de consanguinidad entre Cristo y el fiel (cf. san Cirilo de Alejandría, In Johannis Evangelium, XI; san Juan Crisóstomo, In Matthaeum hom., LXXXII, 5).

3. Las teologías de san Juan y de san Pablo son las que más exaltan la comunión del creyente con Cristo en la Eucaristía. En el discurso pronunciado en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús dice explícitamente: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6, 51). Todo el texto de ese discurso está orientado a subrayar la comunión vital que se establece, en la fe, entre Cristo, pan de vida, y aquel que come de él. En particular destaca el verbo griego típico del cuarto evangelio para indicar la intimidad mística entre Cristo y el discípulo, m+nein, “permanecer, morar”: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56; cf. 15, 4-9).

4. La palabra griega de la “comunión”, koinonìa, aparece asimismo en la reflexión de la primera carta a los Corintios, donde san Pablo habla de los banquetes sacrificiales de la idolatría, definiéndolos “mesa de los demonios” (1 Co 10, 21), y expresa un principio que vale para todos los sacrificios: “Los que comen de las víctimas están en comunión con el altar” (1 Co 10, 18). El Apóstol aplica este principio de forma positiva y luminosa con respecto a la Eucaristía: “El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión (koinonìa) con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión (koinonìa) con el cuerpo de Cristo? (…) Todos participamos de un solo pan” (1 Co 10, 16-17). “La participación (…) en la Eucaristía, sacramento de la nueva alianza, es el culmen de la asimilación a Cristo, fuente de “vida eterna”, principio y fuerza del don total de sí mismo” (Veritatis splendor, 21).

5. Por consiguiente, esta comunión con Cristo produce una íntima transformación del fiel. San Cirilo de Alejandría describe de modo eficaz este acontecimiento mostrando su resonancia en la existencia y en la historia: “Cristo nos forma según su imagen de manera que los rasgos de su naturaleza divina resplandezcan en nosotros a través de la santificación, la justicia y la vida buena y según la virtud. La belleza de esta imagen resplandece en nosotros, que estamos en Cristo, cuando con nuestras obras nos mostramos hombres buenos” (Tractatus ad Tiberium diaconum sociosque, II, Responsiones ad Tiberium diaconum sociosque, en In divi Johannis Evangelium, vol. III, Bruselas 1965, p. 590). “Participando en el sacrificio de la cruz, el cristiano comulga con el amor de entrega de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de vida. En la existencia moral se revela y se realiza también el servicio real del cristiano” (Veritatis splendor, 107). Ese servicio regio tiene su raíz en el bautismo y su florecimiento en la comunión eucarística. Así pues, el camino de la santidad, del amor y de la verdad es la revelación al mundo de nuestra intimidad divina, realizada en el banquete de la Eucaristía.

Dejemos que nuestro anhelo de la vida divina ofrecida en Cristo se exprese con las emotivas palabras de un gran teólogo de la Iglesia armenia, Gregorio de Narek (siglo X): “Tengo siempre nostalgia del Donante, no de sus dones. No aspiro a la gloria; lo que quiero es abrazar al Glorificado (…). No busco el descanso; lo que pido, suplicante, es ver el rostro de Aquel que da el descanso. Lo que ansío no es el banquete nupcial, sino estar con el Esposo” (Oración XII).

EL SANTO ROSARIO VIRTUAL CON AUDIO ES UN SITIO CREADO PARA LLEVAR LA ORACIÓN A LOS LUGARES MAS IMPENSABLES: HOSPITALES; CENTROS DE CAMPAÑA; MISIONES ETC. DALO A CONOCER.
A %d blogueros les gusta esto: